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Así me encuentro desde que antes de ayer, se supiese que Francisco Camps, ése sinvergüenza corrupto que una vez representó a la Comunidad (aunque no me representaba ni a gran parte de la comunidad ni a mí), ha sido declarado inocente de los cargos que se le imputaban de cohecho impropio en la trama Gürtel, al igual que su amiguito Ricardo Costa.

Y es que no me puedo creer como puede ser posible que después de las pruebas presentadas, de las grabaciones que se han escuchado (que se reprodujeron en los medios, yo las escuché en Al Rojo Vivo) y de las transcripciones que se presentaron en el juicio, se le haya declarado inocente.
Pero claro, quien ha tomado ésa decisión ha sido un jurado popular (del Partido Popular, debe ser), borregos como todos ésos valencianos que le reafirmaron en las urnas en las pasadas autonómicas, que le reafirmaron a pesar de que seamos de las comunidades más endeudadas del país, a pesar de que la Nueva Fe tenga 500 camas menos que la antigua (lo que equivale practicamente a todas las camas del Hospital Dr. Peset, ya que estamos), que la educación sea cada vez más precaria y de que haya barrios que no tienen centros de atención primaria.
Pero no pasa nada, viene el Papa y tenemos Fórmula 1, y tuvimos Copa América.

Justicia prostituida al mejor postor

Y me siento impotente, y engañada, y sobretodo, he acabado perdiendo la poca fe que tenía en nuestro sistema judicial. Porque tenemos una Justicia prostituida, violada sistemáticamente y degradada, convertida en la Justicia de los ricos, de los poderosos, de los corruptos y los asesinos. Una inJusticia.
Porque mientras que unos políticos corruptos son declarados inocentes, se regodean en su mierda, en su dinero robado al pueblo y en los regalos que recibieron por otorgar prebendas a sus amigos, uno de los pocos jueces que ha tenido huevos para investigar lo que nadie se atrevía a investigar y enjuiciar a quien nadie se atrevía a enjuiciar, está sentado en el banquillo por algo mucho más noble y mucho menos grave.
Y me da vergüenza.

Pero a pesar de todo, no sé siquiera de qué me extraño, al fin y al cabo, tenemos el cielo más azul, las mejores fiestas pirotécnicas y las variedades de arroz más sabrosas, pero igualmente, la corrupción, como la paella, en ningún sitio como en Valencia, que decía un grupo de Facebook.


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